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Reflexión navideña

Aunque era Hijo, mediante el sufrimiento aprendió a obedecer; y  consumada su perfección, llegó a ser autor de salvación eterna para todos los que le obedecen

(Hebreos 5.8-9)

Entre las muchas cosas que nos gustaría a muchos hacer en el Cielo, una vez en compañía de todos los santos, podemos imaginar una larga cola de hermanos que quieren hacer lo mismo: hacerle una entrevista a la madre de nuestro Salvador. Entre las preguntas que personalmente haría a esta prestigiosa y bendecida hermana María hay una que puede parecer subversiva: “¿Al comprobar que siempre te estaba sometido y obediente a ti y a José, no tuviste la tentación de exigirle algo al límite de sus posibilidades según su edad a Jesús, digamos, pre-adolescente?”

Creemos que Dios adapta su exigencia a nuestra capacidad para obedecer. Lo hizo con Jesús al subir gradualmente sus exigencias hasta llegar al colmo “se rebajó voluntariamente… se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!” (Fil 2.7,8)

Hay cosas demandadas o exigidas que no eran tan difíciles o dolorosas para Jesús, como ir a buscar una cesta de manzanas en el sótano, cuando su madre le prometía que tendría la mejor y la más bonita. En cambio si estaba en medio de un juego interesante, la orden de poner la mesa era más difícil de ejecutar. Hablando en general, la obediencia es aun más difícil cuando te cuesta bienes materiales o una pérdida de honor. Claro que la obediencia puede hacer sufrir. La segunda persona de la divinidad, Cristo mismo, quiso aprender como cualquier hombre lo que era la obediencia y eso sólo le fue posible pasando por la Navidad, la encarnación, haciéndose hombre. Para llegar a aceptar voluntariamente la gran vergüenza pública y los horribles sufrimientos de la Cruz, Jesús había sido entrenado desde su más tierna infancia a obedecer primero en las pequeñas cosas, luego subiendo escalones en cosas cada vez más difíciles y dolorosas. Él dio el ejemplo y podemos seguirle porque entiende perfectamente el precio a pagar de cada demanda, que calibra según nuestras fuerzas y en la obediencia como en relación con las tentaciones “es fiel, y no permitirá que seamos tentados más allá de lo que podamos aguantar”(1 Cor. 10.13).

Oliver Py

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